Artículo: Saskia Sassen: «La austeridad es el equivalente económico de la limpieza étnica»

La socióloga holandesa que ha teorizado la «ciudad global» aspira a la «ciudad inteligente», que diferencia de la carrera por «meter el mayor número de tecnologías en la ciudad»

Por: borja bergareche

Tomado de: abc.es

Mayo 16 de 2013

http://www.abc.es/sociedad/20130516/abci-premio-principe-asturias-sociologa-201305152226.html

La socióloga de la universidad de Columbia, Saskia Sassen (La Haya, 1949), una de las voces más respetadas y estimulantes del estudio del fenómeno urbano y la globalización, fue galardonada este miércoles con el premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales, tras imponerse en el voto final al conocido economista norteamericano Paul Romer. Sassen, holandesa nacionalizada estadounidense que creció en Argentina durante 16 años, es solo la tercera mujer en hacerse con este premio, después de la irlandesa Mary Robinson en 2006 y la filósofa de EE.UU. Martha Nussbaum en la edición anterior.

«Martha es amiga mía, trabajamos juntas en la universidad de Chicago, es muy típico allí que llamen para un proyecto a gente de otras disciplinas», explica en una entrevista con ABC en el salón de su casa en Londres, apenas unas horas después de haber conocido la noticia. «Ya les dije que me sentía muy honrada solo con figurar entre los nominados», dice.

Sassen estuvo todo el martes sin conectarse al email o al teléfono viajando entre Nueva York y Londres, sus dos centros vitales y profesionales. Terminó de cenar con su marido y su hijo muy tarde, hacia las dos de la mañana, y se conectó a Twitter a ver las reacciones a una entrevista que había dado sobre la situación económica. «Me encanta Twitter», nos confiesa. Así notó muchos mensajes con su nombre y el de Romer. «Escribí al jefe de mi departamento en Columbia y le dije que, aunque creía que no iba a ganar, estaba entre los finalistas y eso era bueno para la sociología». Hacia las 4 de la mañana por fin abrió su email, y vio entonces el correo de la Fundación anunciando que sus predicciones no eran correctas.

–¿Nueva York o Londres?

He recibido muchas ofertas de universidades europeas, algunas muy bien dotadas para la investigación, pero me encanta la buena universidad americana y he decidido sin muchas dudas que me quedo en EE.UU. Pero a nivel de vida, para mi marido y yo, cuando seamos muy viejitos Londres es la ciudad. Aquí viven la mayoría de nuestros amigos, que son ingleses. A mi me encanta Nueva York –dice casi susurrando- pero para vivir allí hay que tener energía, es un espacio que te obliga a hacerte, y llega un momento que te cansa. En Londres, sin embargo vos sos –dice con sus argentinismos–. Si desapareces seis meses, los británicos no te preguntan al verte «qué ha pasado en tu vida en todo este tiempo» porque, simplemente, eres. A los estadounidenses les parece que los británicos son indiferentes, pero no es eso.

¿Qué partidas deberían proteger de la austeridad los políticos locales para salvaguardar el pálpito de sus municipios?

Yo discrepo de la lógica misma de la austeridad. Lo que está haciendo en Reino Unido el ministro de Economía, George Osborne, no es economía, es contabilidad. ay que ver el momento actual en una trayectoria que comienza en los 80 en los países del sur global con el mecanismo de la deuda. Y es extraordinario que, 25 años más tarde, esté ocurriendo en Grecia, en España o en Reino Unido. Esta época global es una era de tendencias conceptualmente subterráneas. No es que estén debajo de la tierra, es que no las vemos. El ojo del Estado, el ojo de la ley o el ojo del teórico no las ve.

Y Las categorías que manejamos para definir lo que ocurre son viejas categorías, pero el significado profundo de lo que es la globalización deberíamos buscarlo en ese origen del problema de la deuda en los 80. La deuda no nos cae del cielo. ¿Quién construye la deuda? La deuda se hace a través de una serie de mecanismos en un momento de exceso de capital que se empuja a países de África y de América Latina.

–¿Hay una salida económica a la crisis?

Un país como España tiene varias economías, pero una de ellas es una economía muy fuerte de pequeñas empresas con larga historia, alta calidad y mercados mundiales. Lo que ha ocurrido en Europa con esta crisis es una distorsión enorme que pasa por la economía financiera, la banca y las políticas de los gobiernos. Hay una lógica de la renta que se va instalando en distintos rincones de la realidad. Es el camuflaje total dentro de pequeños mecanismos financieros que son, en realidad, una bomba de relojería que se origina en los 90 cuando se va imponiendo de manera individualizada en los ordenamientos de los países la obligación de desregular los tipos de interés y de privilegiar la lucha contra la inflación sobre la creación de empleo. Este proceso ha generado la confusión de que la banca es la finanza y la finanza es la economía. Y no lo es.

–¿Cuál es entonces su alternativa a la era de la austeridad y de los contables?

Lo que necesitamos es una política de austeridad del sector financiero. Hemos visto cómo Grecia, por ejemplo, ha expulsado del espacio económico a muchas personas, a pequeñas empresas e incluso ciertos lugares. No se van, existen, pero han sido expulsados, lo que permite al BCE y al FMI decir después que «Grecia se está recuperando». Es el equivalente económico de la limpieza étnica. No hablamos de pobreza o de desigualdades, asistimos a un proceso mucho más radical de expulsiones sistémicas. Los desahuciados en España no son expulsados a una frontera, sino que desaparecen del mapa financiero. Es necesario instalar otro tipo de economía, conectada a lo urbano aunque pasa por recuperar los espacios rurales. Es necesario relocalizar activamente los métodos de producción, porque la globalización de las grandes corporaciones hace perder muchos recursos. Y es necesario recuperar la capacidad de lo social, que hemos perdido al convertirnos en consumidores.

–¿Y cuál es el lugar de los los inmigrantes entre los «ciudadanos»?

En Europa y en EE.UU. siempre ha habido migraciones, son parte del ADN de nuestras sociedades, al menos en Occidente. Y siempre pasamos por un ciclo con dos etapas. La primera es «necesitamos inmigrantes». La segunda es «los inmigrantes son la causa de nuestro desempleo». Esta actitud es un viejo reflejo, una invitación a no pensar sobre causas profundas. Echar la culpa a los inmigrantes es algo casi cultural, y así se pierde gran parte de la comprensión de la realidad. Es mucho más simple, desde luego, que ponerse a explicar esta realidad de las expulsiones económicas, que requiere tiempo. A la hora de plantear un entendimiento diferente a esta realidad, debemos recordar que los inmigrantes son, en general, ciudadanos de otro país. A las empresas extranjeras les reconocemos todo tipo de derechos y garantías de seguridad jurídica y protección de la propiedad. Como no existe la persona jurídica llamada «empresa multinacional», en realidad son entonces empresas inmigrantes. Y tenemos que hacer lo mismo con los inmigrantes.

–¿Qué se lograría así?

Los datos empíricos demuestran que en todos los lugares, y en todas las épocas, cuando se trata de inmigrantes y no refugiados, muchos de ellos serían una población circulante si gozaran de derechos y de movilidad legal. El ejemplo son las mujeres polacas que trabajan limpiando casas en Berlín y que se organizan entre tres o cuatro para limpiar una casa todo el año por rotación, pero pasando parte del tiempo en sus pueblos, donde tienen su vida plena. A menudo, en nuestros países, sienten que viven una vida disminuida, achatada, y no aspiran en realidad a vivir aquí para siempre.

–¿La ciudad es hoy el corazón de la guerra, si miramos a Aleppo en Siria?

La ciudad es el corazón de la guerra asimétrica. Cuando los ejércitos convencionales van a la guerra, hay muchas probabilidades de que el enemigo sean combatientes irregulares, por decirlo de manera elegante. En ese sentido, la guerra asimétrica urbaniza la guerra. Y, si urbaniza la guerra, ¿no nos enseña también los límites del ejército convencional, entendido como una fuerza militar superior? Israel podría eliminar literalmente Gaza. Estados Unidos podría haber lanzado sus superbombas y se acabó Bagdad. Pero no lo hacen. Hoy las bombas atómicas sobre Japón o los bombardeos de fuego sobre Dresde no se podrían hacer tan fácilmente, creo, por esa capacidad urbana, en cuanto escenario bélico, de hacer visibles los límites de la fuerza militar. En un artículo reciente, titulado «Does the city have speech?» (¿tiene la ciudad discurso propio?), expongo mi teoría de que las ciudades tienen un discurso, que a veces no escuchamos, pero que nos habla. Volviendo a Aleppo, la muerte no urbana en el espacio urbano es «el horror», así entrecomillado.

–¿Qué es la ciudad global?

Cuidado, es un constructo analítico. Cada ciudad tiene muchas ciudades dentro, la de los ricos, la de los pobres… Mi ciudad global es un nuevo espacio de producción económica centrado en la economía intermediaria, de firma a firma, que requiere reinventar las leyes y la contabilidad. Como espacio de producción política, la ciudad global es un espacio-frontera. Las viejas fronteras estaban en el borde geográfico del imperio, hoy las fronteras están en el centro de nuestras grandes ciudades, tanto para los profesionales globales que se mueven de una ciudad a otra como para los estudiantes, trabajadores y artistas pobres. Y en ese espacio de las grandes ciudades globales se genera una nueva cultura política, que yo creo que es lo que se daba en las viejas ciudades-imperio como El Cairo o Estambul.

–¿La respuesta a sus interrogantes es entonces la ciudad inteligente?

La genuina ciudad inteligente, sí. Pero no la categoría que se refiere a meter el mayor número de tecnologías inteligentes en las ciudades. Todo es una curva, y no es necesariamente verdad que cuanto más, mejor, y que todos saldrán ganando cuantas más tecnologías introduzcamos, porque estaremos en un nuevo punto de la curva, en una nueva realidad. Para que las tecnologías disponibles realmente alimenten las ciudades debemos añadir una dimensión que haga que la tecnología refleje el conocimiento de los habitantes de la ciudad –venga este por una queja o una protesta o por otras formas de información– y que este llegue a quienes controlan la tecnología, ya sean los gobiernos o las empresas. La tecnología debe ayudar a que nos tomemos en serio el conocimiento de los ciudadanos.

 

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