¿Sostenibilidad o resiliencia?

Tomado de: elespectador.com

junio 12 de 2011

http://www.elespectador.com/impreso/opinion/columna-276725-sostenibilidad-o-resiliencia

Por: Germán I. Andrade *

DESDE UN PUNTO DE VISTA DE POLÍTICA ambiental resulta esperanzadora la creación del Ministerio del Medio Ambiente y Desarrollo Sostenible.

Desde el punto de vista de las ciencias ambientales, podríamos no estar tan seguros. ¿Estamos entendiendo lo que pasa en el mundo? El paradigma de la sostenibilidad surgió con la percepción de que las crisis ambientales generalizadas podrían comprometer el desarrollo. Por eso se habló de desarrollo, pero sostenible. Sobrevino una discusión sobre qué era lo que se quería sostener. La respuesta casi 20 años después de la Conferencia de Río de Janeiro es que evidentemente lo que se quiso sostener fue el desarrollo. Se trataba de una adecuación ambiental de las actividades humanas, incompleta pero siempre bienvenida. Allí donde no se atendió suficientemente, los pasivos ambientales han venido cargando con costos el camino hacia el desarrollo.

Con todo, las ciencias ambientales nos muestran hoy que esta visión puede ser limitada. En el camino en búsqueda del desarrollo hemos cambiado el planeta. Y no es el lamento por la última especie o espacio de naturaleza. Por el contrario, en medio de la doctrina del desarrollo sostenible se ha producido la expansión de los sistemas de áreas protegidas, hasta cubrir más del 15 % del planeta. El problema ecológico es otro. En la construcción de un planeta humanizado, sin saberlo y sin poder preverlo, hemos transitado umbrales que anuncian no necesariamente el fin del bienestar, de la naturaleza, ni siquiera de la sostenibilidad…  constatan nuestra entrada al mundo del riesgo ambiental. Porque el planeta que hemos dominado y rehecho a nuestra propia medida, no está bajo nuestro control.  Controlamos un avión que atraviesa el océano, pero no controlamos la atmósfera. Adecuar no es adaptar. Adecuar más allá de un límite, es des-adaptar. Estamos modificando el estado de las variables estructurantes del planeta: dióxido de carbono y otros gases de efecto de invernadero, acidificación de los mares, nitrificación de las aguas dulces, apropiación humana del ciclo del agua, denudación física, colapso de la biodiversidad, etcétera. Contabilizamos el mundo construido, y no descontamos en la naturaleza el costo de hacerlo. Hemos hecho del mundo un lugar más apto para la vida humana, ya casi somos siete mil millones. Pero el mundo es más complejo e inseguro. Fukushima enseña que una sociedad no sólo debe tener suficiente energía, ojalá limpia, sino debe construir un territorio que pueda transitar cambios esperados o inesperados, sin perder su identidad y bienestar. Es decir, sin comprometer su resiliencia.

Tal como está planteada la Prosperidad para Todos es como si hubiera un planeta para cada locomotora: incluyendo uno para el desarrollo sostenible. Pero sólo hay un mundo, que además de funcionamiento económico, tiene procesos y umbrales ecológicos. Debe ser resiliente. Pero en cinco siglos también hemos cambiado nuestro territorio. El investigador de la Universidad Javeriana Andrés Etter, en un reciente artículo en la prestigiosa Biological Conservation, muestra que la huella ecológica humana acumulada alcanza el 50% del espacio terrestre del país. El profesor J.D. Restrepo Ángel de la Eafit constata que el Magdalena tiene los mayores índices de deterioro, entre todas las cuencas tropicales del mundo. Hay evidencias por doquier. Y mientras tanto las aspiraciones humanas al desarrollo ahí,  ¡desafiando los umbrales!

El mensaje de las ciencias ambientales al país político no es sobre sostenibilidad, es ¿qué tanto la sociedad está dispuesta a perder en esta carrera al crecimiento económico y en qué escala temporal quiere trasladar al futuro los inevitables riesgos de hacerlo? La ola invernal nos demostró que el país más que ubérrimo es complejo. Si el nuevo Ministerio del Medio Ambiente y el Desarrollo Sostenible se crea para avalar ambientalmente las locomotoras del desarrollo, y no para contribuir a definir su rumbo, las ciencias ambientales nos anuncian un futuro de bienestar humano más costoso y acaso esquivo.

* Profesor Facultad de Administración Universidad de los Andes. Graduado en Ciencias Ambientales en la Universidad de Yale

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